De "La Gastronomía de José Soler".

 

"Pasajes de la Historia de la Gastronomia, I".

 

Volver a Índice de Contenidos I...

 

Volver a la Página Principal...

 

¡Página Web en construcción!... ¡Disculpen las molestias!

 

Índice Temático...

 

El "Origen del Hombre"...

El "Origen de la Civilización"...

El "Nacimiento de la Agricultura"...

El "Nacimiento de la Cocina"...

Los "Primeros Animales Domésticos"...

Los "sumerios"...

La "Edad del Bronce"...

 

El caldo y la Sopa... "algo sobre su Historia"...

La "Conservación de los Alimentos"...

La "Cocina Ibérica"...

La "Olla Podrida"...

El "Gran Vatel"...

La "absinta"... o, "absenta"... o, el "hada verde"...

 

La "Marquesa de Parabere"...

¿Cómo fabricar "pastillas de caldo de carne concentrado"... en "nuestra casa"?...

El "Barón Justus von Liebig"...

El "Extracto de Carne Liebig"...

 

El "arado y la rueda"... en construcción...

El "Paleoindio Americano o los Orígenes Culturales".

 

 

La "Sopa Bullabesa"...

¿Cómo describen la forma de hacer "Paella" algunos autores extranjeros?...

 

 

 

Nace el "Restaurante en París"...

Los "Restaurantes de la Revolución Francesa"...

¡Página Web en construcción!... ¡Disculpen las molestias!

 

 

 

 

 

      La "Olla Podrida"...

 

     Néstor Luján, en su “Historia de la Gastronomía”, cuenta cosas divertidas sobre la "olla podrida". Por lo visto durante la época de Luís XIV, en Francia, corriendo “Le Grand Siécle” (..."El Gran Siglo": siglo XVIII) se conocieron una serie de Libros de Gastronomía, allá por la década de los años 50 (...1650), escritos por Nicolás Bonnefons, que era criado del rey. Éste escribió un recetario titulado “Les Delices de Campagne”, dividido en tres libros de los cuales sólo el último se ocupa de las carnes y del pescado, y de la manera de cocinarlo. El libro data de 1654. Dos años más tarde se publica un libro importante, el de Pierre de Lune, titulado “Le cuisinier oû il est traité de la veritable méthode pour aprester o toutes sortes de viandes, gibbiers, volailles, poissons…”. El tal Pierre de Lune, parece ser que era español. Néstor Luján lo tenía por aragonés, pero Xavier Domingo (“La mesa del buscón”, “Cuando sólo nos queda la comida”, “El vino, trago a trago”, “De la Olla al Mole”, “El sabor de España”, “La erótica de España”, etc.) le indicó que posiblemente era valenciano. Fue cocinero del duque de Rohan. Luego pasó como cocinero a casa de la duquesa de Orleans (Enriqueta Ana Estuardo, conocida familiarmente como Minette...). Su libro conoció una positiva popularidad, de tal modo que en 1662 escribió otro titulado “Le noveau et parfait maître d’ Hotel Royal. Ensemble, un noveau cuisinier à l’ espagnole”. Pierre de Lune, utiliza en la Francia de esa época, de forma muy prudentemente los "platos españoles", pero debido a la influencia de las reinas de la casa de Austria, Ana de Austria (reina de España, y cuarta esposa de Felipe II...),  y María Teresa de Austria (hija del rey Felipe IV de España y de Isabel de Borbón, era por parte de madre nieta del rey Enrique IV de Francia ( III de Navarra...). En 1660, año en que María Teresa de Austria contrajo matrimonio con su primo Luis XIV, "el Rey Sol", (primo-hermano tanto por parte de padre como por parte de madre...), aparecen por aquellos años una serie de "platos", desde la "olla podrida al chocolate", no sin alguna resistencia nacionalista de los franceses. Pierre de Lune en esto es prudente aunque tentador, y no puede dejar de dar una receta de "olla podrida" que los franceses llamaron “pot pourri”.

        Néstor Luján, dice: “Digamos, aunque sea de paso, que este “pot pourri” o la "olla podrida española" era una "mezcolanza de carnes", y que de ello vino la expresión “pot-pourri”, que desde principios del siglo XVII quiere decir "mezcla heteróclita de cosas". Y esta palabra ha sido como un “boomerang” que ha regresado a España, y “popurri” quiere decir hoy, según el Diccionario de la Academia: -"mezcla de cosas distintas de un mismo autor en una sola composición"- ,y también, por extensión: “mezcla de cosas bien diversas”.

        Ha cumplido por lo tanto un largo viaje: de "olla podrida" a “pot pourri”, y de “pot pourri” al castizo "popurri" actual nuestro”.

       “Sobre la olla podrida diserta Sebastián de Covarrubias (1539-1613; capellán del rey Felipe II...) en el siglo XVII y, en su “Tesoro de la lengua castellana”, la define así: “La que es muy grande y contiene en sí varias cosas, como carnero, vaca, gallinas, capones, longaniza, pie de puerco, ajos, cebollas, etc. Púdose decir podrida en cuanto se cuece muy despacio, que casi lo que tiene dentro viene a deshacerse y por esta razón se pudo decir podrida, como la fruta que se madura demasiado”.

       “La olla podrida es el delirio de todos los escritores y poetas. “No hay olla buena sin tocino...”, exclama Luís Zapata en su “Miscelánea”; y, Luís Vélez de Guevara, en su comedia “La luna de la sierra”, exige en la olla una “...loncha jaspeada de tocino de la sierra...” que, según él, podía comerla sin menoscabo el Papa. Otros autores exigían que hubiera liebre en ella, como puntualiza un personaje de “El parecido en la corte”, de Agustín de Moreto (1618-1669): “¡Jesús, y que bravo caldo // se ha vuelto!  Más si es // el caldo de olla podrida // quiero ser la liebre de él…” .

 

 

       El "Gran Vatel"...

 

    "Comenzamos esta crónica reseñando a Luís II, cuarto príncipe de Condé, que vivió entre 1621, fecha de su nacimiento en París, hasta 1686, cuando falleció en Fontainebleau. Fueron 65 años de fructífera y agitada vida, de los cuales 22 estuvo al mando de las tropas francesas.

    En 1643, a las órdenes del general Enrique de Turena, derrotó a los muy bravos tercios españoles en Rocroi (batalla de,), durante la larga guerra de los Treinta Años; y podemos encontrarlo en otras brillantes victorias, como la de Friburgo (1644), Nordilingen (1645) y Lens (1648). La lista de sus méritos militares es larga, y no necesita mayor explicación.

   Referente a su vida política, diremos que fue también muy interesante. Basta con recordar su enfrentamiento con el regente, el muy poderoso Cardenal Mazarino, que lo encarceló durante un año, sin valer para la ocasión su parentesco cercano con el joven Luís XIV, el Rey Sol.

   El noble Condé era rico, pero aparentaba más de lo que tenía, luciendo como su hogar al impresionante castillo de Chantilly en el Valle de l’Oise, cerca de París y entre otros detalles, por tener a su servicio al mejor, al más codiciado y fiel de los servidores. Administrador, anfitrión, y cocinero, nos referimos a François Vatel.

    Nuestro Chef era reconocido con el sobrenombre de “El Gran Vatel”, y era famosa su pasión por el trabajo perfecto. Repetía que para ser un buen cocinero se requerían condiciones especiales, actitud y devoción, que exigía religiosamente a sus numerosos ayudantes.

    Era el mejor cocinero de Francia, y llevaba el título con una cierta altivez, luchando en su interior con una fuerte timidez de nacimiento. Le gustaba recibir la admiración del propio rey Luís XIV y de la reina María Teresa (de Austria; hija de Felipe IV de España, y de Isabel de Borbón), pero la fama le ocasionaba emociones encontradas que guardaba muy en su interior.

    La cumbre de su carrera profesional sería alcanzada durante la muy conocida y publicitada fiesta de los “Tres Días”, organizada en el palacio de Chantilly, en 1671, en honor del Rey Sol, y una selecta comitiva de dos mil invitados, es decir, toda la Corte de Versalles.

    Encargo más complicado y difícil... ¡Imposible!

    Y sobre todo por que su jefe, el príncipe de Condé, pensaba conseguir gran provecho de su inversión, en lo político y en lo económico, para lo cual tenía que lograr la completa satisfacción del rey.

    En la fiesta que el mismo monarca había sugerido, esperaba el anuncio público de un nuevo nombramiento como Comandante en Jefe del ejército francés, ante un posible conflicto con la “poderosa y molesta Holanda” y por supuesto algunas importantes prebendas de tipo económico que le permitieran salir de la bancarrota a la que había llegado. Entonces había que dejar “el resto” en la famosa fiesta, y el encargo de “vida o muerte” recayó también bajo la responsabilidad de François Vatel.

    Para la minuciosa organización de ese colosal y frívolo espectáculo teatral en Chantilly se empleó un ejército de profesionales, todos al mando del Gran Vatel. Programa de actividades, planos de ubicación, distribución de las habitaciones según el rango, y sobre todo para la conveniencia sensual de los cientos de amantes que desearían cercanía y discreción. Un menú diferente para cada uno de los cinco servicios diarios. La adecuación de las cocinas y los almacenes, la coordinación con los proveedores, el entrenamiento a los servidores, la organización, la planificación, la administración, el control, es decir, de 18 a 20 horas diarias, día a día, semana a semana, y Vatel llegaba a la concentración absoluta para su único objetivo: el éxito perfecto.

     La  obsesión inundaba los ambientes y crecía, cada día, cada hora, con la multiplicación de problemas por resolver, pequeños, medianos, imposibles y en la medida que avanzaba el calendario, Vatel iba perdiendo peso, pues literalmente no tenía tiempo ni para comer una “empanadilla”, y a esta montaña de presión se sumaban los pedidos del príncipe de Condé, primero amables, casi suplicantes, y que luego se fueron convirtiendo en veladas amenazas, subjetivas, y luego directas y violentas.

    Por otro lado llegaba un caudal inacabable de caprichos reales, misivas-órdenes de todo tipo, directamente desde Versalles, indicando “detalles extravagantes” sobre sabores, colores, flores, “surtuouts” (centros de mesa sugeridos por el rey), actividades, perfumes, vinos, juegos temáticos, espectáculos teatrales, y decenas de nuevos pedidos diarios: esto sí, y lo otro no, y lo de más allá tampoco. El Rey Sol era una máquina de pedidos diarios, contradictorios, absurdos, es decir, de todo para hacer picadillo el hígado del personaje de la más santa paciencia.

    Días antes del magno evento llegó a la efervescente Chantilly una comitiva real, formada por nobles de Versalles, para verificar y sugerir detalles de último momento, y en el centro de esa delegación brillaba como el lucero del alba una impresionante mujer, la codiciada de cientos de nobles galanes, la futura favorita del rey,  y en esa fecha “pupila” de la reina y su delegada personal, Anne de Montausier.

    La joven Anna, que estaba acostumbrada a captar de inmediato el cien por cien de la atención masculina, se sorprendió al notar que el interesante, profundo y extraño hombre encargado de toda la organización, apenas había reparado en ella y al parecer no le prestaba la más mínima atención. Claro, Vatel tenía mil tareas todavía por resolver.

    Pero esa situación no iba quedar así, ella tenía en su archivo de seducción mil ardides diferentes. Seleccionó al comienzo los más simples: largas sonrisas con hoyuelos en las mejillas incluidas, miradas furtivas, acompasado batir de inmensas pestañas, abierto el último botón del generoso escote y un poco del sándalo más embriagador del cercano y lejano oriente. Anne no necesitó más, cogió al “pequeño” Vatel con las defensas bajas, por el cansancio y la preocupación, y en menos de lo que canta un gallo estaba rendido ante los encantos de tan singular dama.

    La inmensa carga de trabajo, los problemas por resolver, las palpitantes preocupaciones, dudas, temores y angustias quedaron atrás frente a la posibilidad primero y realidad después de disfrutar de tan sensacional ejemplar, pura pasión, delicia de mango, néctar de los dioses, el sueño de una noche de verano y de invierno también. Cuando Vatel despertó de ese torbellino maravilloso estaba feliz y exhausto después de una larga cabalgata, sin bridas y sin estribos, por las praderas del edén.

    Sonaron las campanillas de los mil relojes del castillo de Chantilly y lo devolvieron a la realidad; al día siguiente comenzaba la fiesta. Saltó del tibio lecho de rosas de la bella como un resorte y en el vértigo de un suspiro ya estaba dando órdenes a discreción, sin parar y a una velocidad creciente, todo debía quedar a la perfección. De vez en cuando sentía en la comisura de sus labios restos de ambrosía, que lo mareaba. Hacía una pausa, recobraba el aliento, y seguía en su febril actividad.

    No había tenido tiempo de evaluar sus actos, su debut en las grandes ligas como seductor. ¡Nadie lo hubiera imaginado! Por supuesto, ni siquiera se le ocurrió pensar que su atormentada y plebeya cabeza correría peligro de quedar en su sitio si alguno de los Luises de su entorno o el poderoso ministro Lauzun, amante oficial de la bella, se enteraban de aquella loca pero deliciosa aventura con la reina de las musas, Anna de Montausier.

    Fanfarrias de trompetas, serpentinas, desfiles de comparsas. Nunca la alfombra roja estuvo tan transitada con la llegada de un rey, y su bulliciosa corte. De esta manera se inició el largo programa de actividades, los juegos, las comidas y bebidas, los amoríos... todo discurría como un torrente, más o menos organizado, previsible, controlable. El gran Vatel, siempre ocupado, presuroso, nervioso, apenas tenía tiempo para intercambiar una mirada lejana con Anna de Montausier. El Chef añorante reclamaba con urgencia un pronto y nuevo encuentro amoroso, sentía que necesitaba ese néctar de vida para por seguir existiendo, para frenar ese corazón desbocado que amenazaba con estallar de pasión.

    Pero, “siempre existe uno”, esta vez negro retinto, triste, como la cruda realidad de la vida de un plebeyo enamorado de una princesa. El pretexto histórico fue la demora del proveedor en la entrega del pescado, plato principal del tercer día de la fiesta inolvidable, pero este hecho que reseña el mito realmente fue solo el guijarro que se suelta de la cima de una montaña, casi por descuido, involuntario, inconsciente, y que poco a poco va tomando fuerza y velocidad en su caída cuesta abajo, llamando a gritos a otros compañeros de infortunio, de triste realidad. Ecos sordos de incomprensión de los azares del destino inundaron el ambiente,  de pronto ya nada tenía sentido y del fondo de su alma brotó una luz muy intensa. Por primera vez en su vida lo veía todo claro, transparente, nítido.

    Su existencia entera había sido una comedia de falsos aplausos que a él ya no le importaban. Su futuro podía ser apostado en una partida de naipes, era solo un utensilio, además barato, si lo medimos con la moneda del afecto y la fidelidad.

    Era un gran estúpido al pensar siquiera por un momento que esa estrella fugaz, ese sublime amor fuera una posibilidad para él. Era un absurdo imaginar que el gran Vatel pudiera competir en amoríos nada menos que con el Rey Sol. Se sintió decepcionado, pequeño, ridículo, corriendo de aquí para allá para satisfacer todo tipo de pedidos. Se le retorció el alma, ya nada tenía sentido y tras una voluta de desesperanza y en medio de una desolación absoluta desapareció. Era la tarde del sábado 25 de abril de 1671.

    Recién ahora, a las luces de la ciencia y con amplio conocimiento sobre los extraños comportamientos causados por el estrés y la depresión, comprendemos qué llevó al gran Vatel a ir pausadamente a sus aposentos, coger su afilada espada y partirse el corazón. Podría haber escogido un buen veneno, o clavar la resplandeciente hoja en su estómago, pero como respetuoso amante de los placeres gastronómicos, jamás consideró estas opciones.

    El príncipe de Condé lo maldijo diciendo que lo “mataría” por esa insensatez de abandonarlo en el último día de la fiesta. Para el rey y sus cortesanos, el suicidio de Vatel fue una anécdota más en la larga lista de temas de sobremesa.

    Un fino perfil permanecía en las sombras, inmóvil, el vaivén de un candelabro iluminó el silencio y reflejó el destello de una lágrima rodando sobre la mejilla de Anna de Montausier.

    El legado gastronómico de la época de Vatel ha quedado escrito en las páginas de la historia. Como ejemplo podemos mencionar la creatividad estética, mediante asombrosas presentaciones con fuego, agua y hielo compitiendo con refinados sabores, aromas y colores. El extraordinario y suave volumen de la famosa “Crema Chantilly.

    La Mantequilla Colbert (Mantequilla Maître d'Hòtel, con glace de carne). El Lenguado Colbert (Juan Bautista Colbert, fue consejero y ministro de finanzas; Reims, 1619-1683, París). El Arroz Condé (pastel de arroz moldeado), y el Puré Condé (Puré de fréjoles rojos)...".

 

 

 

     Doña María Mestayer Echagüe fue La Marquesa de Parabere”...

    Artículo de don Luís Antonio Alias, modificado por nosotros.

    El comercio digital. Canal Gastronomía. A 11 de septiembre de 2003.

 

“Allí donde la "Cocina completa" de doña María Mestayer destacara su corpachón grueso y grana, fuera en las cocinas agitadas de los restaurantes, fuera en las cordiales hogareñas, el buen yantar parecía quedar garantizado...”.

Muchos cocineros y gastrónomos la consideran autora del más completo e importante libro de recetas publicado en España, y preceden su sonoro nombre y su nobiliario seudónimo, que no título, aunque la Casa Real debería concedérselo póstumamente, con el honrosísimo de "la maestra"...".

Maestra fue.

"Un autor de ahora mismo aminora pequeñas discrepancias añadiendo "y vaya mi respeto hacia la gran erudita"; otro aclara que "reinterpreta las recetas por ella recogidas priorizando el oliva, y aligerando ingredientes"; varios, rotundos, la proclaman "autora de la Biblia del Cocinero"; en 1997, María Pilar Molestina y Pilar Marcos asolearon "La marquesa de Parabere. Sus mejores recetas cocinadas hoy...", una muy bien pensada actualización.

 Entre "El Practicón" ("Tratado de cocina al alcance de todos y aprovechamiento de sobras"), de Ángel Muro (1894), y las "1080 recetas de cocina" de Simone Ortega (primera edición en 1972), no obstante florezcan muchos egregios compositores de formularios, parece que la labor de doña María recibe un unánime reconocimiento: se trata de la más significativa, completa, cuidada y clara.

De hecho, la exactitud que logra exponiendo ingredientes y elaboraciones, nunca alcanzada hasta entonces, estribaba probablemente en las palabras con las que abre el preámbulo:


"Certifico que cuantas recetas integran esta obra han sido experimentadas por mí".

 

 

 

Libros de la Marquesa de Parabere:

1. “La cocina completa” -24.5 euros-;

2. “Confitería y Repostería” -19.5 euros-.

El libro de la “Cocina completa”, me lo dejó Pitu (María José Pastor Blanes), amiga mía y compañera de trabajo en nuestro laboratorio de análisis clínico, en el Hospital “Virgen de los Lirios” de Alcoy. ¡Gracias Pitu!

El otro lo compré yo (JIASD).

 

 

         La obra.

        Apreciada y sucesivamente reeditada, "La cocina completa", y la "Confitería y repostería", dos separados volúmenes de una misma "Enciclopedia culinaria", imponían, a partir de sus terceras ediciones (en 1940; ya que las primeras datan de 1933) una presencia señalada en los aparadores de comedores acomodados.

Dentro de los llamativos color rojo y crema de las encuadernaciones, y del millar y medio de páginas engordadas con intercaladas notas manuscritas por madres y tías, alternaban habituales cotidianidades y nombres de misteriosa y sabrosa sonoridad: "delicias a la Pignatelli", "cocido español", "ángeles a caballo", "paella valenciana", "ensalada Jockey-Club", "puré de patatas", "zakouski", "alondras a la italiana", "arroz de vigilia", "flan Josephine Baker"...

 También publicó doña María "Platos escogidos de la cocina vasca", evitando algunas pérdidas; "Entremeses, aperitivos y ensaladas", "Delicias frías de la alta sociedad europea".

 "Conservas caseras", pensado, por el contrario, para economizar y conservar (salió en 1939), y una incompleta, pero interesantísima, "Historia de la Gastronomía" (en 1943, a su 65 años de edad), que da medida de sus amplios saberes e inquietudes.

 

 

La vida.

"Marquesa de Parabere"... Sin duda, un título pomposo y musical, con sonoridad de opereta, que oí desde niño, al que acudo de mayor para resolver dudas o intentar novedades, y del que todo ignoraba hasta que Luis Mokoroa, presidente de la Cofradía Vasca de Gastronomía, me envió generosísimamente uno de los últimos boletines de esta ilustre institución.

 En él, José Garzón Sáez, cofrade, traza, bajo el encabezamiento "Ciento veinticinco aniversario de su nacimiento... Nuestra marquesa de Parabere", un esbozo biográfico sin duda costoso de elaborar:

 

«Los datos que voy a aportar, de no hacerlo en esta ocasión, fácilmente se perderían para siempre».

 

 María Manuela Eugenia Carolina Mestayer Jaquet, vino al mundo en Bilbao, el 20 de diciembre de 1877. Tuvo por padres al cónsul francés Eugenio Mestayer y de Melier, y a María Jaquet Delasalle, y por abuelo materno a Carlos Jaquet, acaudalado banquero bilbaíno de origen parisino.

Creció entre Sevilla, donde también ejerció su padre, y Bilbao... y por su alta posición social recibió una refinada y afrancesada educación. Contrajo matrimonio, en el santuario de Begoña, con el abogado Ramón Echagüe y Churruca; la prensa vizcaína destacó ampliamente el acontecimiento.

 

Tuvo ocho hijos.

Al poco de casada se aficionó a la literatura gastronómica, y no obstante disponer de personal de cocina y servicio, adquirió recetarios franceses, visitó los mejores restaurantes españoles, mantuvo amistad y correspondencia con grandes cocineros, y terminó dando clases, movida por interés social, en la parroquia bilbaína de San Vicente de Abando.

 

La fama.

Pedro de Eguillor, escritor y mantenedor de la célebre tertulia del bilbaíno café "Lion d’Or". puso particular empeño en que doña María diera a la imprenta sus conocimientos y registros, y le envió una poesía –"El Marmitaco"– que abre "La Cocina Completa".

 La nombradía creció a despecho de la Guerra Civil Española y las carencias de su posguerra... y las ediciones se sucedieron. Previamente, sacado de un folletín romántico francés con ironía y espíritu liberal –tal personaje ejercía de cortesana–, había adoptado el seudónimo "Condesa de Parabere".

El novelesco título se tornó de forma no buscada en tratamiento extendido y aceptado. Ella, divertida y halagada por el respeto y la admiración que conllevaba, ni mintió, ni desmintió, lo asumió y santas pascuas...”.

 

   La "Sopa Bullabesa"...

        Extraído del libro "Cocina Alicantina. Conduchos de Navidad", de don José Guardiola y Ortiz. Editado por don Agatángelo Soler Llorca, en abril de  1972. De venta en la librería Lux, en Alicante.

 

I. La auténtica "Bouillabaisse".

     "...Como ya llevo dicho, en toda la costa del Mediodía de Francia, continúa haciéndose la famosa sopa griega, que ahora se denomina "bouillabaisse". Desde cuando se le ha dado tal denominación es cosa que no he logrado averiguar; lo que sí parece, como veremos más adelante, es, que el nombre hace referencia al modo de guisar éste plato.

    Los marselleses no admiten como auténtica más que la "bouillabaisse" del espacio de costa entre Marsella y Tolón. Bien es verdad que son ellos los que la han prestigiado y expandido su fama por el mundo entero.

    Pero, es, que, a más de la exclusividad, pretenden ser los inventores del celebrado plato: Merry, excelente poeta marsellés ha dicho:

"Un viernes de vigilia, la abadesa

De un convento de monjas marsellés

Creó la "bouillabaisse".

(Plato que es un regalo en cualquier mesa).

 

añado, yo, porque es verdad, y para redondear la estrofa.

     Téngase en cuenta para valorar la afirmación, que Merry merecía ser andaluz por el humor gracioso de que ha dado diversas muestras, como cuando dijo: "Si París tuviera una "Cannabiére" (calle), París sería un pequeño Marsella"...

II. Entre París y Marsella.

     En el año 34 (1934), el expreso París - Marsella, hacía de noche el recorrido. En el coche cama no pude conseguir, no obstante los medios persuasivos empleados y que otra veces obtuvieron éxito, ir solo, pues no había ni una sola plaza vacante.

     En el comedor se me designó sitio en una mesita por una joven alta, de fatigado aspecto, y cuyo hermoso y demacrado rostro y lánguidas maneras, evocaban la figura poética de Costanza, la romántica viajera del "Tren - expreso" campoamoriano, y como ella también rubia, "y digna de ser morena y sevillana". Casi no probó bocado. para contraste en la mesa de la derecha, un hombrón de faz apoplética, rezumando "gourmandisse" por todos los poros, comió cuanto le sirvieron, pidió extras, apuró el "Burdeos" blanco y tinto, tomó café, duplicó el "doble" de coñac; encendió un "Habano Churchilesco"... y fuése.

     Tardé en retirarme, pues no me seducía la idea de hallarme en la cabina con un desconocido. Y, efectivamente, cuando entré en ella sonaban estrepitosamente los ronquidos del ocupante de la litera superior. Tan luego se hizo de día me encontré con que mi vecino era el tragaldabas de la noche anterior; y como ya había podido apreciar sus aficiones, le espeté: ¿Dónde cree usted que podría tomar en Marsella la mejor "bouillabaisse"?

     - ¿Oh?- alzando los ojos con expresión inefable y prontamente, como si la respuesta no pudiera ser otra. ¡A la "Cascade"!

     Me invitó a que le acompañara a Tolón, pues allí -decía- la "bouillabaisse" era superior a la de Marsella; y, extremando su amabilidad, dióme una tarjeta respaldada para el patrón de "La Cascade".

     En este restaurante pude observar que se le tenía en gran consideración, pues apenas sentado en la mesa para tomar un aperitivo, habiendo pasado la tarjeta, al acercarse un pizpireta camarera para que eligiera, como hacía con los demás, de entre los mariscos y pescados que llevaba en una gran bandeja, los que quisiera para la "bouillabaisse", vino pronto el dueño, mandándola retirar, pues dijo que ya lo había hecho por mi el cocinero, al que me presentó seguidamente.

     En mi ya larga vida de "amateur" jamás habíame encontrado con un cocinero tan bien dispuesto a satisfacer mi insaciable curiosidad. Quizá ello fuera debido al deseo de complacer a mi recomendante, o a mi calidad de extranjero; lo cierto es, que con generosa espontaneidad no tuvo reparo en hacer todas la operaciones a mi presencia, y aun en revelarme los pequeños secretos que tan celosamente guardaban los cocineros, temerosos de la divulgación que de ellos pueda hacerse entre los competidores.

     Aunque, desde muchos años antes, ya había comido y aun confeccionado la "bouillabaisse", he de reconocer que la que entonces tuvo el cocinero la cortesía de hacer, personalmente, para mi, era superior a todas la anteriores.

III. La verdadera receta.

     Y, he aquí, como una dichosa casualidad, me depara la ocasión de ofrecer a mis lectores la verdadera receta de este plato, tomada "de visu" en su propia sede.

     Aunque generalmente las recetas que van insertas en este libro son para seis porciones, ésta lo es para diez, pues así en aquel, como en los demás grandes restaurantes, se fijan para la más fácil multiplicación.

     COMPONENTES DE LA "BOUILLABAISSE".- Las mismas clases de pescado señaladas para el arroz "abanda", pero con la proscripción del empleo de mejillones, almejas, y "fiélas", nombre con que en la Provenza se designa al congrio; y con la recomendación de preferir entre los crustáceos las langostas pequeñas. De todo, alrededor de 3 kilos, en limpio.

     MÉTODO A SEGUIR.- También allí, como aquí para el arroz "abanda", se prepara con antelación un caldo con morralla, las cabezas de los crustáceos y pescados, y las partes inferiores de los mismos.

     En un cacerola se ponen 200 gramos de cebolla menudamente picada; 3 tomates, limpios de piel y simientes, hechos pasta en el mortero; 50 gramos de ajo picado; una ramita de hinojo, y tres de perejil, todo machacado; una ramita de tomillo, una hoja de laurel, y un poco de corteza seca de naranja.

     Sobre esto, los crustáceos y pescados de carne firme, que se rocían con dos decilitros de aceite fino y uno de vino blanco seco, sazonando con sal, pimienta molida, y una buena pulgarada de azafrán, añadiendo caldo preparado, y en cantidad suficiente para que los pescados queden cubiertos.

     Entonces se hace marchar a fuego vivo, con la cacerola tapada, manteniendo viva la ebullición durante siete minutos, transcurridos los cuales se añaden los pescados de carne tierna, tales como merluza y salmonetes, y se acaba de cocer a fuego más moderado. en total no deben emplearse más que de 16 a 19 minutos. Tres antes de dar por terminada la cocción, se prueba el caldo, que ha de hallarse en su punto de salsas, suculento, dorado, limpio, y perfectamente ligado, añadiendo entonces una cucharada de perejil, groseramente picado, y una pizca de ajo finamente rallado. levantado de nuevo el hervor, se aparta del fuego la cacerola, y se rocía su contenido con una copita de Pernod.

     Se dispone el pescado en una fuente, y, en otra, honda, un par de docenas de cortaditas de pan blanco, de un centímetro de gruesas y simplemente secadas, no tostadas, al horno. En Marsella se empleaba entonces un pan apropiado tal como lo servía la panadería. Sobre el pan se vierte el caldo, y se polvorea la sopa con perejil picado.

     La casi totalidad de los libros franceses de cocina muestran singular empeño en prescribir que la cocción se ha de efectuar en "dos tiempos", de manera pronta con ebullición fuerte, violenta; parece que están muy lejos de compartir los cocineros, pues a ello se oponen dos razones: la una, de índole etimológica, pues, precisamente el plato toma su denominación de la manera de hacerlo: ""bouille-abaisse", "bulle-abate", "hierve-rebaja", en el sentido de que el hervor ha de abatirse, rebajarse, reducirse; la otra, práctica, pues, si en el segundo tiempo, puestos ya los pescados de carne tierna como la merluza y el salmonete, continuara la ebullición, fuerte, viva, tumultuosa, estos pescado se desharían.

     La "bouillabaisse" se hace no sólo en la costa mediterránea de Francia y España, sino en la del Atlántico, y hasta en América.

     En París, en un gran restaurante, fui obsequiado con una "bouillabaisse", especialidad de la casa; pero una "bouillabaisse" estilizada: se le había disminuido el ajo y el azafrán, y adicionado yemas de huevo batidas. Para mi gusto, lo que le faltaba de "tipismo", lo suplía en "exquisitez".

     Bueno sería de advertir, no obstante, que con esta rica sopa parisina, no se podrán lograr los fines para los que Venus creara la suya...". (Ver receta de arroz "abanda"). 

 

  ¿Cómo describen la forma de hacer "Paella" algunos autores extranjeros?...

     En el "Arte culinario francés", editado por Flammarion, impreso en París, en 1965, y en su página 950, podemos leer:

     “...Paella a la española:

     La paella es el manjar indispensable en los grandes festines de los españoles, pues es muy cara para poder servirla todos los días; en ciertos casos constituye toda la comida, al menos en platos de cocina. Aconsejo a los cocineros no servir este plato más que a los españoles.          

     Se confecciona con los siguientes manjares:

     Entre las carnes: lomo de buey, lomo de cerdo, chorizo, y jamón.

     Entre las aves y caza: pollo, pichones, perdices, y conejos.

     Como pescados: anguilas, pajeles ( o pageles, brecas, garapellos), caracoles (de tierra).

    Entre las verduras: alcachofas tiernas, pimientos dulces, fritos en aceite y pelados, guisantes, habas, zanahorias, tomates.

     En cuanto a cantidades, son relativas y están subordinadas al número de comensales, o mejor, al número de platos que vayan a servirse, pues cada clase de carne o de pescado debe de servirse en plato separado.              

    Para operar deben cocinarse separadamente las carnes, las aves, la caza, y los pescados; los cuerpos grasos en manteca de cerdo, y los pescados en aceite.