La "Olla Podrida"...
Néstor Luján, en su “Historia de la Gastronomía”, cuenta cosas divertidas sobre
la "olla podrida". Por lo visto durante la época de
Luís XIV, en Francia, corriendo “Le Grand Siécle”
(..."El Gran
Siglo": siglo XVIII) se conocieron una serie de
Libros de Gastronomía, allá por
la década de los años 50 (...1650), escritos por
Nicolás Bonnefons, que era criado del rey.
Éste escribió un recetario titulado “Les
Delices de Campagne”, dividido en tres libros de los cuales sólo el
último se ocupa de las carnes y del pescado, y de la manera de cocinarlo. El
libro data de 1654. Dos años más tarde se publica un libro importante, el de
Pierre de Lune, titulado “Le cuisinier oû il
est traité de la veritable méthode pour aprester o toutes sortes de viandes,
gibbiers, volailles, poissons…”. El tal
Pierre de Lune, parece ser que era español.
Néstor Luján lo tenía por aragonés, pero
Xavier Domingo (“La
mesa del buscón”, “Cuando
sólo nos queda la comida”, “El
vino, trago a trago”, “De
la Olla al Mole”, “El
sabor de España”, “La
erótica de España”, etc.) le indicó que posiblemente era valenciano.
Fue cocinero del
duque de Rohan. Luego pasó como cocinero a
casa de la
duquesa de Orleans (Enriqueta Ana Estuardo,
conocida familiarmente como Minette...). Su libro conoció una positiva
popularidad, de tal modo que en 1662 escribió otro titulado “Le noveau et
parfait maître d’ Hotel Royal. Ensemble, un noveau cuisinier à l’ espagnole”.
Pierre de Lune, utiliza en la
Francia de esa época, de forma muy
prudentemente los "platos españoles", pero debido a la influencia de las reinas
de la casa de Austria,
Ana de Austria (reina de España, y cuarta
esposa de
Felipe II...), y
María Teresa de Austria (hija del rey
Felipe IV de España y de
Isabel de Borbón, era por parte de madre
nieta del rey
Enrique IV de Francia ( III de Navarra...).
En 1660, año en que María Teresa de Austria contrajo matrimonio con su primo
Luis XIV, "el Rey Sol", (primo-hermano tanto por parte de padre
como por parte de madre...), aparecen por aquellos años una serie de "platos",
desde la "olla
podrida al chocolate", no sin alguna resistencia
nacionalista de los franceses. Pierre de Lune en esto es prudente aunque
tentador, y no puede dejar de dar una receta de "olla
podrida" que los franceses llamaron “pot pourri”.
Néstor Luján, dice: “Digamos, aunque sea de paso, que este “pot pourri” o la
"olla podrida española" era una
"mezcolanza de carnes", y que de ello vino la expresión
“pot-pourri”,
que desde principios del siglo XVII quiere decir
"mezcla heteróclita de cosas". Y esta palabra ha sido
como un “boomerang” que ha regresado a España, y
“popurri”
quiere decir hoy, según el Diccionario de la Academia: -"mezcla
de cosas distintas de un mismo autor en una sola composición"-
,y también, por extensión: “mezcla de cosas bien
diversas”.
Ha cumplido por lo tanto un largo viaje: de "olla podrida" a “pot pourri”,
y de “pot pourri” al castizo "popurri" actual nuestro”.
“Sobre la olla podrida diserta
Sebastián de Covarrubias (1539-1613;
capellán del rey Felipe II...) en el siglo XVII y, en su “Tesoro
de la lengua castellana”, la define así: “La que es muy grande y
contiene en sí varias cosas, como carnero, vaca, gallinas, capones, longaniza,
pie de puerco, ajos, cebollas, etc. Púdose decir podrida en cuanto se cuece muy
despacio, que casi lo que tiene dentro viene a deshacerse y por esta razón se
pudo decir podrida, como la fruta que se madura demasiado”.
“La olla podrida es el delirio de todos los escritores y poetas. “No hay olla
buena sin tocino...”, exclama
Luís Zapata en su “Miscelánea”; y,
Luís Vélez de Guevara, en su comedia “La
luna de la sierra”, exige en la olla una “...loncha jaspeada de
tocino de la sierra...” que, según él, podía comerla sin menoscabo el Papa.
Otros autores exigían que hubiera liebre en ella, como puntualiza un personaje
de “El
parecido en la corte”, de
Agustín de Moreto (1618-1669): “¡Jesús, y
que bravo caldo // se ha vuelto! Más si es // el caldo de olla podrida //
quiero ser la liebre de él…” .


El "Gran Vatel"...
"Comenzamos esta crónica reseñando a Luís II, cuarto
príncipe de Condé,
que vivió entre 1621, fecha de su nacimiento en París, hasta 1686, cuando
falleció en
Fontainebleau.
Fueron 65 años de fructífera y agitada vida, de los cuales 22 estuvo al
mando de las tropas francesas.
En
1643, a las órdenes del general Enrique de
Turena,
derrotó a los muy bravos tercios españoles en
Rocroi
(batalla de,), durante la larga
guerra de los Treinta Años;
y podemos encontrarlo en otras brillantes victorias, como la de
Friburgo
(1644),
Nordilingen
(1645) y
Lens
(1648). La lista de sus méritos militares es larga, y no necesita mayor
explicación.
Referente a su vida política, diremos que fue también muy interesante.
Basta con recordar su enfrentamiento con el regente, el muy poderoso
Cardenal Mazarino,
que lo encarceló durante un año, sin valer para la ocasión su parentesco
cercano con el joven Luís XIV, el
Rey Sol.
El
noble Condé era rico, pero aparentaba más de lo que tenía, luciendo como
su hogar al impresionante
castillo de Chantilly
en el
Valle de l’Oise,
cerca de París y entre otros detalles, por tener a su servicio al
mejor, al más codiciado y fiel de los servidores. Administrador,
anfitrión, y cocinero, nos referimos a
François Vatel.
Nuestro Chef era reconocido con el sobrenombre de “El Gran Vatel”, y era
famosa su pasión por el trabajo perfecto. Repetía que para ser un buen
cocinero se requerían condiciones especiales, actitud y devoción, que
exigía religiosamente a sus numerosos ayudantes.
Era
el mejor cocinero de Francia, y llevaba el título con una cierta altivez,
luchando en su interior con una fuerte timidez de nacimiento. Le gustaba
recibir la admiración del propio rey Luís XIV y de la reina
María Teresa
(de Austria; hija de Felipe IV de España, y de Isabel de Borbón), pero la
fama le ocasionaba emociones encontradas que guardaba muy en su interior.
La
cumbre de su carrera profesional sería alcanzada durante la muy conocida y
publicitada fiesta de los “Tres Días”, organizada en el palacio de
Chantilly, en 1671, en honor del Rey Sol, y una selecta comitiva de dos
mil invitados, es decir, toda la
Corte de Versalles.
Encargo más complicado y difícil... ¡Imposible!
Y sobre todo por que su jefe, el príncipe de Condé, pensaba conseguir gran
provecho de su inversión, en lo político y en lo económico, para lo cual
tenía que lograr la completa satisfacción del rey.
En la fiesta que el mismo monarca
había
sugerido, esperaba el anuncio público de un nuevo nombramiento como
Comandante en Jefe del ejército francés, ante un posible conflicto con la
“poderosa y molesta Holanda” y por supuesto algunas importantes prebendas
de tipo económico que le permitieran salir de la bancarrota a la que había
llegado. Entonces había que dejar “el resto” en la famosa fiesta, y el
encargo de “vida o muerte” recayó también bajo la responsabilidad de
François Vatel.
Para la minuciosa organización de ese colosal y frívolo espectáculo
teatral en Chantilly se empleó un ejército de profesionales, todos al
mando del Gran Vatel. Programa de actividades, planos de ubicación,
distribución de las habitaciones según el rango, y sobre todo para la
conveniencia sensual de los cientos de amantes que desearían cercanía y
discreción. Un menú diferente para cada uno de los cinco servicios
diarios. La adecuación de las cocinas y los almacenes, la coordinación con
los proveedores, el entrenamiento a los servidores, la organización, la
planificación, la administración, el control, es decir, de 18 a 20 horas
diarias, día a día, semana a semana, y Vatel llegaba a la concentración
absoluta para su único objetivo: el éxito perfecto.
La obsesión inundaba los ambientes y crecía, cada día, cada hora, con la
multiplicación de problemas por resolver, pequeños, medianos, imposibles y
en la medida que avanzaba el calendario, Vatel iba perdiendo peso, pues
literalmente no tenía tiempo ni para comer una “empanadilla”, y a esta
montaña de presión se sumaban los pedidos del príncipe de Condé, primero
amables, casi suplicantes, y que luego se fueron convirtiendo en veladas
amenazas, subjetivas, y luego directas y violentas.
Por
otro lado llegaba un caudal inacabable de caprichos reales,
misivas-órdenes de todo tipo,
directamente desde Versalles, indicando “detalles extravagantes” sobre
sabores, colores, flores, “surtuouts” (centros de mesa sugeridos por el
rey), actividades, perfumes, vinos, juegos temáticos, espectáculos
teatrales, y decenas de nuevos pedidos diarios: esto sí, y lo otro no, y
lo de más allá tampoco. El Rey Sol era una máquina de pedidos diarios,
contradictorios, absurdos, es decir, de todo para hacer picadillo el
hígado del personaje de la más santa paciencia.
Días
antes del magno evento llegó a la efervescente Chantilly una comitiva
real, formada por nobles de Versalles, para verificar y sugerir detalles
de último momento, y en el centro de esa delegación brillaba como el
lucero del alba una
impresionante mujer,
la codiciada de cientos de nobles galanes, la futura favorita del rey, y
en esa fecha “pupila” de la reina y su delegada personal,
Anne de Montausier.
La joven Anna, que estaba acostumbrada a captar de inmediato el cien por
cien de la atención masculina, se sorprendió al notar que el interesante,
profundo y extraño hombre encargado de toda la organización, apenas había
reparado en ella y al parecer no le prestaba la más mínima atención.
Claro, Vatel tenía mil tareas todavía por resolver.
Pero esa situación no iba quedar así, ella tenía en su archivo de
seducción mil ardides diferentes. Seleccionó al comienzo los más simples:
largas sonrisas con hoyuelos en las mejillas incluidas, miradas furtivas,
acompasado batir de inmensas pestañas, abierto el último botón del
generoso escote y un poco del sándalo más embriagador del cercano y lejano
oriente. Anne no necesitó más, cogió al “pequeño” Vatel con las defensas
bajas, por el cansancio y la preocupación, y en menos de lo que canta un
gallo estaba rendido ante los encantos de tan singular dama.
La inmensa carga de trabajo, los problemas por resolver, las palpitantes
preocupaciones,
dudas, temores y angustias quedaron atrás frente a la posibilidad primero
y realidad después de disfrutar de tan sensacional ejemplar, pura pasión,
delicia de mango, néctar de los dioses, el sueño de una noche de verano y
de invierno también. Cuando Vatel despertó de ese torbellino maravilloso
estaba feliz y exhausto después de una larga cabalgata, sin bridas y sin
estribos, por las praderas del edén.
Sonaron las campanillas de los mil relojes del castillo de Chantilly y lo
devolvieron a la realidad; al día siguiente comenzaba la fiesta. Saltó del
tibio lecho de rosas de la bella como un resorte y en el vértigo de un
suspiro ya estaba dando órdenes a discreción, sin parar y a una velocidad
creciente, todo debía quedar a la perfección. De vez en cuando sentía en
la comisura de sus labios restos de ambrosía, que lo mareaba. Hacía una
pausa, recobraba el aliento, y seguía en su febril actividad.
No había tenido tiempo de evaluar sus actos, su debut en las grandes ligas
como seductor. ¡Nadie lo hubiera imaginado! Por supuesto, ni siquiera se
le ocurrió pensar que su atormentada y plebeya cabeza correría peligro de
quedar en su sitio si alguno de los Luises de su entorno o el poderoso
ministro Lauzun,
amante oficial de la bella, se enteraban de aquella loca pero deliciosa
aventura con la reina de las musas, Anna de Montausier.
Fanfarrias de trompetas, serpentinas, desfiles de comparsas. Nunca la
alfombra roja estuvo tan transitada con la llegada de un rey, y su
bulliciosa corte. De esta manera se inició el largo programa de
actividades, los juegos, las comidas y bebidas, los amoríos... todo
discurría como un torrente, más o menos organizado, previsible,
controlable. El gran Vatel, siempre ocupado, presuroso, nervioso, apenas
tenía tiempo para intercambiar una mirada lejana con Anna de Montausier.
El Chef añorante reclamaba con urgencia un pronto y nuevo encuentro
amoroso, sentía que necesitaba ese néctar de vida para por seguir
existiendo, para frenar ese corazón desbocado que amenazaba con estallar
de pasión.
Pero, “siempre existe uno”, esta vez negro retinto, triste, como la cruda
realidad de la vida de un plebeyo enamorado de una princesa. El pretexto
histórico fue la demora del proveedor en la entrega del pescado, plato
principal del tercer día de la fiesta inolvidable, pero este hecho que
reseña el mito realmente fue solo el guijarro que se suelta de la cima de
una montaña, casi por descuido, involuntario, inconsciente, y que poco a
poco va tomando fuerza y velocidad en su caída cuesta abajo, llamando a
gritos a otros compañeros de infortunio, de triste realidad. Ecos sordos
de incomprensión de los azares del destino inundaron el ambiente, de
pronto ya nada tenía sentido y del fondo de su alma brotó una luz muy
intensa. Por primera vez en su vida lo veía todo claro, transparente,
nítido.
Su existencia entera había sido una comedia de falsos aplausos que a él ya
no le importaban. Su futuro podía ser apostado en una partida de naipes,
era solo un utensilio, además barato, si lo medimos con la moneda del
afecto y la fidelidad.
Era un gran estúpido al pensar siquiera por un momento que esa estrella
fugaz, ese sublime amor fuera una posibilidad para él. Era un absurdo
imaginar que el gran Vatel pudiera competir en amoríos nada menos que con
el Rey Sol. Se sintió decepcionado, pequeño, ridículo, corriendo de aquí
para allá para satisfacer todo tipo de pedidos. Se le retorció el alma, ya
nada tenía sentido y tras una voluta de desesperanza y en medio de una
desolación absoluta desapareció. Era la tarde del sábado 25 de abril de
1671.
Recién ahora, a las luces de la ciencia y con amplio conocimiento sobre
los extraños comportamientos causados por el estrés y la depresión,
comprendemos qué llevó al gran Vatel a ir pausadamente a sus aposentos,
coger su afilada espada y partirse el corazón. Podría haber escogido un
buen veneno, o clavar la resplandeciente hoja en su estómago, pero como
respetuoso amante de los placeres gastronómicos, jamás consideró estas
opciones.
El príncipe de Condé lo maldijo diciendo que lo “mataría” por esa
insensatez de abandonarlo en el último día de la fiesta. Para el rey y sus
cortesanos, el suicidio de Vatel fue una anécdota más en la larga lista de
temas de sobremesa.
Un fino perfil permanecía en las sombras, inmóvil, el vaivén de un
candelabro iluminó el silencio y reflejó el destello de una lágrima
rodando sobre la mejilla de Anna de Montausier.
El legado gastronómico de la época de Vatel ha quedado escrito en las
páginas de la historia. Como ejemplo podemos mencionar la creatividad
estética, mediante asombrosas presentaciones con fuego, agua y hielo
compitiendo con refinados sabores, aromas y colores. El extraordinario y
suave volumen de la famosa “Crema
Chantilly”.
La
Mantequilla Colbert
(Mantequilla Maître d'Hòtel, con glace de carne).
El
Lenguado Colbert
(Juan
Bautista Colbert,
fue consejero y ministro de finanzas; Reims, 1619-1683, París). El
Arroz Condé
(pastel de arroz moldeado), y el
Puré Condé
(Puré
de fréjoles rojos)...".
Doña
María Mestayer Echagüe fue
“La
Marquesa de Parabere”...
Artículo de don Luís Antonio Alias, modificado por nosotros.
El comercio digital. Canal Gastronomía.
A 11 de septiembre de 2003.

“Allí donde la
"Cocina completa"
de doña María Mestayer
destacara su corpachón grueso y grana, fuera en las cocinas agitadas de
los restaurantes, fuera en las cordiales hogareñas, el buen yantar parecía
quedar garantizado...”.
“Muchos
cocineros y gastrónomos la consideran autora del más completo e importante
libro de recetas publicado en España, y preceden su sonoro nombre y su
nobiliario seudónimo, que no título, aunque la Casa Real debería
concedérselo póstumamente, con el honrosísimo de "la maestra"...".
Maestra fue.
"Un autor de ahora mismo aminora pequeñas discrepancias
añadiendo
"y vaya mi respeto hacia la gran erudita"; otro aclara que
"reinterpreta
las recetas por ella recogidas priorizando el oliva, y aligerando
ingredientes"; varios, rotundos, la proclaman "autora de la Biblia del
Cocinero"; en 1997, María Pilar Molestina y Pilar Marcos asolearon
"La
marquesa de Parabere. Sus mejores recetas cocinadas hoy...",
una muy bien pensada actualización.
Entre "El Practicón"
("Tratado de cocina al alcance de todos y aprovechamiento de sobras"), de
Ángel Muro (1894), y las "1080
recetas de cocina"
de
Simone Ortega (primera edición en 1972),
no obstante florezcan muchos egregios compositores de formularios, parece
que la labor de doña María recibe un unánime reconocimiento: se trata de
la más significativa, completa, cuidada y clara.
De hecho, la exactitud que logra exponiendo ingredientes y elaboraciones,
nunca alcanzada hasta entonces, estribaba probablemente en las palabras
con las que abre el preámbulo:
"Certifico
que cuantas recetas integran esta obra han sido experimentadas por mí".


Libros de la Marquesa de Parabere:
1. “La cocina completa”
-24.5 euros-;
2.
“Confitería y Repostería”
-19.5 euros-.
El libro de la “Cocina completa”, me lo dejó
Pitu (María José Pastor Blanes), amiga mía y compañera de trabajo en
nuestro laboratorio de análisis clínico, en el Hospital “Virgen de los
Lirios” de Alcoy. ¡Gracias Pitu!
El otro lo compré yo (JIASD).
La obra.
Apreciada y
sucesivamente reeditada,
"La cocina completa", y la
"Confitería y repostería",
dos separados volúmenes de una misma
"Enciclopedia culinaria",
imponían, a partir de sus terceras ediciones (en 1940; ya que las primeras
datan de 1933) una presencia señalada en los aparadores de comedores
acomodados.
Dentro de los llamativos color rojo y crema de las encuadernaciones, y del
millar y medio de páginas engordadas con intercaladas notas manuscritas
por madres y tías, alternaban habituales cotidianidades y nombres de
misteriosa y sabrosa sonoridad: "delicias a la Pignatelli", "cocido
español", "ángeles a caballo", "paella valenciana", "ensalada Jockey-Club",
"puré de patatas", "zakouski", "alondras a la italiana", "arroz de vigilia",
"flan Josephine Baker"...
También publicó doña María
"Platos escogidos de la cocina vasca",
evitando algunas pérdidas;
"Entremeses, aperitivos y ensaladas",
"Delicias
frías de la alta sociedad europea".
"Conservas caseras", pensado, por el
contrario, para economizar y conservar (salió en 1939), y una incompleta,
pero interesantísima,
"Historia de la Gastronomía"
(en 1943, a su 65 años de edad), que da medida de sus
amplios saberes e inquietudes.

La vida.
"Marquesa de Parabere"... Sin duda, un título pomposo y musical, con
sonoridad de opereta, que oí desde niño, al que acudo de mayor para
resolver dudas o intentar novedades, y del que todo ignoraba hasta que
Luis Mokoroa, presidente de la
Cofradía Vasca de Gastronomía, me envió generosísimamente uno de los últimos boletines de esta ilustre
institución.
En él,
José Garzón Sáez, cofrade, traza, bajo el encabezamiento "Ciento
veinticinco aniversario de su nacimiento... Nuestra marquesa de Parabere",
un esbozo biográfico sin duda costoso de elaborar:
«Los datos que voy a aportar, de no hacerlo en esta ocasión,
fácilmente se perderían para siempre».
María Manuela Eugenia Carolina Mestayer Jaquet, vino al mundo en
Bilbao, el
20 de diciembre de 1877. Tuvo por padres al cónsul francés Eugenio Mestayer y de Melier, y a María Jaquet Delasalle, y por abuelo materno a
Carlos Jaquet, acaudalado banquero bilbaíno de origen parisino.
Creció entre
Sevilla, donde también ejerció su padre, y Bilbao... y por su
alta posición social recibió una refinada y afrancesada educación.
Contrajo matrimonio, en el
santuario de Begoña, con el abogado Ramón Echagüe
y Churruca; la prensa vizcaína destacó ampliamente el acontecimiento.
Tuvo ocho hijos.
Al poco de casada se aficionó a la literatura gastronómica, y no obstante
disponer de personal de cocina y servicio, adquirió recetarios franceses,
visitó los mejores restaurantes españoles, mantuvo amistad y
correspondencia con grandes cocineros, y terminó dando clases, movida por
interés social, en la
parroquia bilbaína de San Vicente de Abando.
La fama.
Pedro de Eguillor, escritor y mantenedor de la célebre tertulia del
bilbaíno café "Lion d’Or". puso particular empeño en que doña María diera
a la imprenta sus conocimientos y registros, y le envió una poesía –"El Marmitaco"– que abre
"La Cocina Completa".
La nombradía creció a despecho de la
Guerra Civil
Española
y las carencias de su posguerra... y las ediciones se sucedieron. Previamente,
sacado de un folletín romántico francés con ironía y espíritu liberal –tal
personaje ejercía de cortesana–, había adoptado el seudónimo "Condesa de Parabere".
El novelesco título se tornó de forma no buscada en
tratamiento extendido y aceptado. Ella, divertida y halagada por el
respeto y la admiración que conllevaba, ni mintió, ni desmintió, lo asumió
y santas pascuas...”.
La
"Sopa Bullabesa"...
Extraído del libro "Cocina Alicantina. Conduchos de
Navidad", de don José Guardiola y Ortiz. Editado por don
Agatángelo Soler Llorca, en abril de 1972. De venta en la
librería Lux, en Alicante.

I. La auténtica
"Bouillabaisse".
"...Como ya llevo dicho, en toda la costa del Mediodía de
Francia, continúa haciéndose la famosa sopa griega, que
ahora se denomina "bouillabaisse". Desde cuando se le ha
dado tal denominación es cosa que no he logrado averiguar;
lo que sí parece, como veremos más adelante, es, que el
nombre hace referencia al modo de guisar éste plato.
Los marselleses no admiten como auténtica más que la
"bouillabaisse" del espacio de costa entre Marsella y Tolón.
Bien es verdad que son ellos los que la han prestigiado y
expandido su fama por el mundo entero.
Pero, es, que, a más de la exclusividad, pretenden ser los
inventores del celebrado plato: Merry, excelente poeta
marsellés ha dicho:
"Un viernes de vigilia, la abadesa
De un convento de monjas marsellés
Creó la "bouillabaisse".
(Plato que es un regalo en cualquier mesa).
añado, yo, porque es verdad, y para redondear la estrofa.
Téngase en cuenta para valorar la afirmación, que Merry
merecía ser andaluz por el humor gracioso de que ha dado
diversas muestras, como cuando dijo: "Si París tuviera una
"Cannabiére" (calle), París sería un pequeño Marsella"...
II. Entre París y
Marsella.
En el año 34 (1934), el expreso París - Marsella, hacía de
noche el recorrido. En el coche cama no pude conseguir, no
obstante los medios persuasivos empleados y que otra veces
obtuvieron éxito, ir solo, pues no había ni una sola plaza
vacante.
En el comedor se me designó sitio en una mesita por una
joven alta, de fatigado aspecto, y cuyo hermoso y demacrado
rostro y lánguidas maneras, evocaban la figura poética de
Costanza, la romántica viajera del "Tren - expreso"
campoamoriano, y como ella también rubia, "y digna de ser
morena y sevillana". Casi no probó bocado. para contraste en
la mesa de la derecha, un hombrón de faz apoplética,
rezumando "gourmandisse" por todos los poros, comió cuanto
le sirvieron, pidió extras, apuró el "Burdeos" blanco y
tinto, tomó café, duplicó el "doble" de coñac; encendió un
"Habano Churchilesco"... y fuése.
Tardé en retirarme, pues no me seducía la idea de hallarme
en la cabina con un desconocido. Y, efectivamente, cuando
entré en ella sonaban estrepitosamente los ronquidos del
ocupante de la litera superior. Tan luego se hizo de día me
encontré con que mi vecino era el tragaldabas de la noche
anterior; y como ya había podido apreciar sus aficiones, le
espeté: ¿Dónde cree usted que podría tomar en Marsella la
mejor "bouillabaisse"?
- ¿Oh?- alzando los ojos con expresión inefable y
prontamente, como si la respuesta no pudiera ser otra. ¡A la
"Cascade"!
Me invitó a que le acompañara a Tolón, pues allí -decía- la
"bouillabaisse" era superior a la de Marsella; y, extremando
su amabilidad, dióme una tarjeta respaldada para el patrón
de "La Cascade".
En este restaurante pude observar que se le tenía en gran
consideración, pues apenas sentado en la mesa para tomar un
aperitivo, habiendo pasado la tarjeta, al acercarse un
pizpireta camarera para que eligiera, como hacía con los
demás, de entre los mariscos y pescados que llevaba en una
gran bandeja, los que quisiera para la "bouillabaisse", vino
pronto el dueño, mandándola retirar, pues dijo que ya lo
había hecho por mi el cocinero, al que me presentó
seguidamente.
En mi ya larga vida de "amateur" jamás habíame encontrado
con un cocinero tan bien dispuesto a satisfacer mi
insaciable curiosidad. Quizá ello fuera debido al deseo de
complacer a mi recomendante, o a mi calidad de extranjero;
lo cierto es, que con generosa espontaneidad no tuvo reparo
en hacer todas la operaciones a mi presencia, y aun en
revelarme los pequeños secretos que tan celosamente
guardaban los cocineros, temerosos de la divulgación que de
ellos pueda hacerse entre los competidores.
Aunque, desde muchos años antes, ya había comido y aun
confeccionado la "bouillabaisse", he de reconocer que la que
entonces tuvo el cocinero la cortesía de hacer,
personalmente, para mi, era superior a todas la anteriores.
III. La verdadera
receta.
Y, he aquí, como una dichosa casualidad, me depara la
ocasión de ofrecer a mis lectores la verdadera receta de este
plato, tomada "de visu" en su propia sede.
Aunque generalmente las recetas que van insertas en este
libro son para seis porciones, ésta lo es para diez, pues
así en aquel, como en los demás grandes restaurantes, se
fijan para la más fácil multiplicación.
COMPONENTES DE LA "BOUILLABAISSE".- Las mismas clases de
pescado señaladas para el arroz "abanda", pero con la
proscripción del empleo de mejillones, almejas, y "fiélas",
nombre con que en la Provenza se designa al
congrio;
y con la recomendación de preferir entre los crustáceos las
langostas pequeñas. De todo, alrededor de 3 kilos, en
limpio.
MÉTODO A SEGUIR.- También allí, como aquí para el arroz
"abanda", se prepara con antelación un caldo con morralla,
las cabezas de los crustáceos y pescados, y las partes
inferiores de los mismos.
En un cacerola se ponen 200 gramos de cebolla menudamente
picada; 3 tomates, limpios de piel y simientes, hechos pasta
en el mortero; 50 gramos de ajo picado; una ramita de
hinojo, y tres de perejil, todo machacado; una ramita de
tomillo, una hoja de laurel, y un poco de corteza seca de
naranja.
Sobre esto, los crustáceos y pescados de carne firme, que se
rocían con dos decilitros de aceite fino y uno de vino
blanco seco, sazonando con sal, pimienta molida, y una buena
pulgarada de azafrán, añadiendo caldo preparado, y en
cantidad suficiente para que los pescados queden cubiertos.
Entonces se hace marchar a fuego vivo, con la cacerola
tapada, manteniendo viva la ebullición durante siete
minutos, transcurridos los cuales se añaden los pescados de
carne tierna, tales como merluza y salmonetes, y se acaba de
cocer a fuego más moderado. en total no deben emplearse más
que de 16 a 19 minutos. Tres antes de dar por terminada la
cocción, se prueba el caldo, que ha de hallarse en su punto
de salsas, suculento, dorado, limpio, y perfectamente
ligado, añadiendo entonces una cucharada de perejil,
groseramente picado, y una pizca de ajo finamente rallado.
levantado de nuevo el hervor, se aparta del fuego la
cacerola, y se rocía su contenido con una copita de
Pernod.
Se dispone el pescado en una fuente, y, en otra, honda, un
par de docenas de cortaditas de pan blanco, de un centímetro
de gruesas y simplemente secadas, no tostadas, al horno. En
Marsella se empleaba entonces un pan apropiado tal como lo
servía la panadería. Sobre el pan se vierte el caldo, y se
polvorea la sopa con perejil picado.
La casi totalidad de los libros franceses de cocina muestran
singular empeño en prescribir que la cocción se ha de
efectuar en "dos tiempos", de manera pronta con ebullición
fuerte, violenta; parece que están muy lejos de compartir
los cocineros, pues a ello se oponen dos razones: la una, de
índole etimológica, pues, precisamente el plato toma su
denominación de la manera de hacerlo: ""bouille-abaisse",
"bulle-abate", "hierve-rebaja", en el sentido de que el
hervor ha de abatirse, rebajarse, reducirse; la otra,
práctica, pues, si en el segundo tiempo, puestos ya los
pescados de carne tierna como la merluza y el salmonete,
continuara la ebullición, fuerte, viva, tumultuosa, estos
pescado se desharían.
La "bouillabaisse" se hace no sólo en la costa mediterránea
de Francia y España, sino en la del Atlántico, y hasta en
América.
En París, en un gran restaurante, fui obsequiado con una
"bouillabaisse", especialidad de la casa; pero una
"bouillabaisse" estilizada: se le había disminuido el ajo y
el azafrán, y adicionado yemas de huevo batidas. Para mi
gusto, lo que le faltaba de "tipismo", lo suplía en
"exquisitez".
Bueno sería de advertir, no obstante, que con esta rica sopa
parisina, no se podrán lograr los fines para los que Venus
creara la suya...". (Ver receta de arroz "abanda").

En el "Arte culinario francés", editado por Flammarion, impreso en París, en 1965, y en su página 950,
podemos leer:
“...Paella a la española:
La
paella es el manjar indispensable en los grandes festines de
los españoles, pues es muy cara para poder servirla todos
los días; en ciertos casos constituye toda la comida, al
menos en platos de cocina. Aconsejo a los cocineros no
servir este plato más que a los españoles.
Se confecciona con los
siguientes manjares:
Entre las carnes:
lomo de buey,
lomo
de cerdo,
chorizo,
y
jamón.
Entre las
aves
y
caza:
pollo,
pichones,
perdices,
y
conejos.
Como pescados:
anguilas,
pajeles ( o
pageles,
brecas,
garapellos),
caracoles
(de tierra).
Entre las verduras:
alcachofas tiernas,
pimientos dulces,
fritos en aceite y pelados,
guisantes,
habas,
zanahorias,
tomates.
En cuanto a cantidades, son relativas y están subordinadas
al número de comensales, o mejor, al número de platos que
vayan a servirse, pues cada clase de carne o de pescado debe
de servirse en plato separado.
Para operar deben cocinarse
separadamente las carnes, las aves, la caza, y los pescados;
los cuerpos grasos en manteca de cerdo, y los pescados en
aceite.